La percepción del paso del tiempo se siente, en gran medida, en los cambios que se producen en las minucias de nuestra existencia. Y ocurre de tal forma que es casi imperceptible a nuestros ojos. Parece que la vida únicamente transcurre cuando vemos cómo nuestro alrededor se transforma paulatinamente. Y yo soy de esas personas que se resisten al paso de los años, supongo porque soy una romántica de la cotidianidad y tener que desprenderme de esos pequeños placeres me producen desaliento. Y a envejecer. A escudriñar cada arruga de mi cara y observar que no he sido capaz de saborear cada instante de mi vida por la absurda razón de tener todo el tiempo del mundo para hacerlo. Es una gran falacia. Así, mi vida no es más que una sucesión lineal de pequeños actos de rebeldía para evitar a toda costa, el amargo arrepentimiento.
Cuando abro los ojos, atisbo pequeños haces de luz penetrando por las persianas de mi habitación, el día está comenzando y no puedo perdérmelo. Desde el comienzo del otoño, la lluvia se ha instaurado en nuestra rutina diaria, como una señal inequívoca de que el verano se ha marchado y con él, toda esperanza de luz solar. Sin embargo, hoy hace un día raramente espléndido y ciertamente, me inquieta. Me levanto y alineo cada vértebra de mi columna. Respiro, inspiro. Salgo al exterior y me encuentro a mi pequeña flor tumbada en el sofá boca abajo, leyendo un cuento. Le doy los buenos días y ella me los devuelve con una mueca monstruosamente enternecedora. La adoro.
(Parte I)
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